Escritor y Nfumo-Nganga
Ralph Alpizar
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El Mayombe no se entrega: se merece. Y el primer paso es el respeto.


Nací en La Habana, Cuba, en 1973, pero mi espíritu siempre ha permanecido vinculado a una realidad más antigua y profunda que cualquier geografía. Desde mis primeros recuerdos, una fuerza ancestral me ha guiado con insistencia por los senderos del monte y del misterio, reclamándome como hijo suyo, como custodio y testigo de una memoria que resiste al paso del tiempo.

Mi formación académica en Comunicación Social fue apenas el punto de partida de un itinerario intelectual y espiritual más vasto. Comprendí pronto que las palabras solo adquieren sentido cuando son capaces de dar voz a los espíritus y a las tradiciones que la modernidad ha intentado silenciar. Por ello me adentré en los estudios históricos y antropológicos, no por afán de erudición, sino por una necesidad interior: comprender por qué ciertas fuerzas continúan hablándonos desde la raíz, desde la piedra y desde el hueso.
El Palo Monte Mayombe no representó para mí una curiosidad etnográfica, sino una herencia viva y un destino inevitable. Dentro de ese horizonte hallé mi verdadera especialización: el estudio de las culturas afroamericanas de origen bakongo y su continuidad espiritual en la Regla del Palo.

He publicado libros, artículos y ensayos en diversos países —Cuba, Angola y España, entre otros—, y en cada texto busco que la palabra conserve su carácter ritual. Escribo con reverencia, como quien deposita una ofrenda o coloca un caracol en el borde de una nganga. Del mismo modo, he trabajado el lenguaje audiovisual a través de documentales dedicados a las tradiciones afrodescendientes y bantúes, con el propósito no solo de mostrar, sino de invocar: que el espectador no solo observe, sino que perciba la vibración profunda de un saber que no se deja reducir a categorías académicas.

Fundé el Cabildo Nuevo Maiombe como espacio de preservación y transmisión del conocimiento tradicional. Es un altar abierto, un punto de fuego vivo en el que enseñamos, compartimos y mantenemos encendida la llama del Mayombe. Desde allí también dirijo Ediciones Maiombe, donde cada publicación busca ser un bilongo —una fórmula de poder— destinada a despertar conciencias y a dignificar la memoria ancestral.

Presido la Asociación de Cultura Tradicional Bantú (A.C.T.B.) y formo parte de la Asociación Española de Africanistas. Sin embargo, más allá de los títulos formales, me defino como un servidor del espíritu. Las jerarquías que reconozco son las que se sellan con cicatriz, con juramento y con pacto de sangre y tierra.

Dentro del Palo Monte Mayombe ostento el grado de Nfumu Nganga, una dignidad que no se improvisa ni se compra: se conquista mediante la entrega, el ayuno y la muerte simbólica. Además de mi consagración en Cuba, he sido también consagrado entre los Bakongo del norte de Angola y de los dos Congos, territorios que me enseñaron que África no es un concepto geográfico, sino una resonancia espiritual que habita en los huesos de quienes saben escuchar.

Mi vínculo con el Mayombe comenzó en la infancia. Aún no había cumplido los diez años cuando fui iniciado por los Ngando Batalla, un linaje antiguo y severo, con raíces profundas en Vueltabajo, en la provincia de Pinar del Río. Allí aprendí el lenguaje de los muertos, el silencio del monte y el modo en que el misterio se manifiesta a través del respeto. Desde entonces, mi existencia quedó consagrada a ese camino.

A los veintiún años emprendí mi primer viaje a Angola, no como turista ni como investigador, sino como hijo que retorna al regazo de su madre. Viví entre los Bayombe y los Bavili, entre lenguas que me eran nuevas pero familiares, en aldeas donde el tiempo parece suspendido. Allí aprendí que cada gesto, cada palabra y cada elemento de la naturaleza participa de una red de significados espirituales. Esa experiencia selló para siempre mi comprensión del mundo invisible.

Durante casi tres décadas he regresado una y otra vez al África subsahariana, no como quien repite una ruta, sino como quien renueva un pacto. De los Bakongo he aprendido no solo sus rituales y su lengua, sino su visión del universo: la conciencia del ciclo, la veneración de los ancestros y la certeza de que todo —desde el árbol más grande hasta el insecto más diminuto— posee espíritu. Cada viaje ha sido una iniciación y cada encuentro, una marca en el alma.

Hoy, tras años de estudio, práctica y servicio, afirmo con humildad y convicción que el Mayombe no es una fe extinta ni un vestigio folclórico. Es una corriente viva de espiritualidad africana que atraviesa los siglos y se renueva en cada generación.
Yo solo soy uno de los muchos que han recibido el honor y la carga de custodiar su fuego.

Nfumu Nganga Ralph Alpizar