Hijos del monte y del fuego, guardianes de una memoria que no muere. Llevamos en la sangre la voz de los ancestros y en el alma el tambor del nkisi que nos guía.
La sede física de nuestro nsó-nganga, así como del Centro de Estudios, se encuentra en Cuba, en el corazón de Pinar del Río, dentro de la legendaria región de Vueltabajo: tierra donde aún respira el espíritu ancestral del Mayombe.
Allí, entre ríos que guardan el secreto de los antiguos asientos sobre los que se erigían los nkisi, y montes poblados de árboles centenarios que alguna vez nutrieron incontables trabajos, pervive la mística y el encanto de antaño.
Es en esos parajes cargados de memoria, de silencio y de poder, donde subsisten las tradiciones más genuinas del Palo Mayombe; donde las voces, los nombres y los caminos de nuestros mayores continúan trazando la senda que nos define como religiosos y como herederos de una sabiduría que se niega a morir.
El Centro de Estudios, parte inseparable de nuestro nsó-nganga, nace como un espacio de encuentro entre la memoria ancestral y el tiempo presente. Su propósito es investigar, documentar y transmitir el legado del Mayombe de Vueltabajo, preservando la riqueza espiritual, cultural y ritual heredada de África y reformulada en Cuba.
Desde esta tierra sagrada, trabajamos por mantener viva la llama del conocimiento, honrando a los mayores y asegurando la continuidad de una tradición que sigue hablando —con voz profunda— a través de los montes, los ríos y los espíritus que los habitan.
En nuestro Centro de Estudios se reúnen tradición, investigación y práctica viva, con el objetivo de crear un puente entre lo visible y lo invisible, entre los saberes antiguos y las nuevas generaciones. A través de publicaciones, seminarios, clases personalizadas, asesoría espiritual y proyectos de investigación, buscamos garantizar que el conocimiento no se pierda y que siga siendo una fuente de guía, protección y desarrollo humano.
El Centro de Estudios es, en esencia, un espacio de respeto, diálogo y aprendizaje, donde honrar la herencia bantú-bakongo y su continuidad en el Palo Mayombe cubano, manteniendo vivo un legado que forma parte esencial de nuestra identidad espiritual y cultural.
Camino de Nacimiento, Revelación y Encarnación del Poder
Lealtad, honestidad y secreto
Todo el que entra al Mayombe camina un mismo sendero: nace, despierta y se encarna en el misterio. Ningún poder verdadero se recibe de un día para otro. Hay que morir primero al mundo profano, limpiar la sombra, aprender a callar, y luego dejar que los muertos hablen dentro de uno.
El primer paso es el Malongo, donde el aspirante se arrodilla ante los fundamentos y entrega su palabra. Allí pronuncia los tres juramentos: lealtad, honestidad y secreto. Con ellos se ata a un linaje y renace bajo un nombre nuevo, nombre que no inventa el hombre, sino que dicta el espíritu. Ese nombre lo une a los suyos, lo identifica ante los ancestros y lo inscribe en la memoria de la nganga. El Malongo es la semilla: en él se planta la raíz que lo hará crecer dentro del Mayombe.
Luego llega el Yimbi, la ceremonia del oído y de la sombra. Allí el iniciado deja de ver con los ojos del cuerpo y empieza a mirar con los del espíritu. Su nfumbe lo reconoce, lo toca, y su cuerpo se convierte en instrumento. Aprende a escuchar la voz del monte, a interpretar los silencios, a hablar el lenguaje que solo entienden los que cruzaron el velo. El Yimbi es el amanecer del alma, el despertar del médium que aprende a servir de puente entre dos mundos.
El último paso es la Fundamentación de la Nganga, donde el iniciado ya no solo escucha, sino que da cuerpo al misterio. Allí se hace pacto entre el espíritu y la materia, entre el nfumbe y el nkisi. Es el acto en que el hierro respira, la tierra canta, y el humo se levanta llevando los nombres de los que fueron. El tata-nganga se convierte entonces en guardián del poder, en custodio del secreto que sostiene el equilibrio entre los vivos y los muertos.
Estos tres pasos —Malongo, Yimbi y Fundamentación— son un mismo camino dividido en tres luces. El que no pasa por ellos no conoce el Mayombe, porque solo quien muere, despierta y encarna puede decir que ha sido tocado por el misterio. El iniciado no pertenece a una religión: pertenece a una memoria. Lleva dentro el eco de África, el susurro de los montes de Vueltabajo, el agua de los ríos donde se asientan los nkisi, y la voz de los mayores que aún hablan en el humo y el tambor.
Por eso decimos:
“El que ha pasado por el Malongo nació; el que recibió el Yimbi despertó; y el que fundamentó, ya no camina solo.”
El camino del Mayombe no termina en la nganga. Empieza en ella. Cada consulta, cada trabajo, cada rezo es una conversación con lo invisible. El iniciado debe recordar siempre que el poder no se impone: se sirve. Que la nganga no se manda: se escucha. Y que el verdadero tata no es quien más secretos conoce, sino quien más respeto tiene por ellos.
Así se mantiene vivo el fuego del Mayombe de Vueltabajo: con palabra recta, con corazón limpio y con fidelidad al linaje. Porque el misterio no se compra ni se hereda: se conquista con silencio, con sacrificio y con verdad.
Anatomía Sagrada del Nsó-Nganga
El nsó-nganga es más que un recinto: es un cuerpo vivo. Cada parte de él tiene alma, y cada objeto que lo habita cumple una función dentro del orden invisible que sostiene el Mayombe. No se trata de un lugar construido al azar, sino de un organismo espiritual, donde todo respira, observa y escucha.
Cuando se abre la puerta del nsó-nganga, se entra en otro mundo. El aire cambia. Hay una densidad antigua, un olor a humo, tierra y madera vieja. Todo allí parece mirar: las piedras, los palos, los calderos, las firmas trazadas con polvo de hierro. Es el corazón de la casa de misterio, la extensión del monte dentro del espacio humano.
En el centro reposa la nganga, la madre y juez de todos. Su caldero no está puesto por estética ni por posición: ocupa el punto exacto donde se cruzan las fuerzas. Es el ombligo del recinto, el lugar donde confluyen los cuatro vientos y desde donde emana el poder hacia los demás puntos. Frente a ella se sienta el tata-nganga, el que guarda el pacto, con su bastón, su nkisi y su palabra. Nada comienza sin su permiso y nada termina sin su despedida.
A su alrededor se distribuyen los nkisi, que son como guardianes del espacio. Cada nkisi representa una fuerza específica del Mayombe: los que dominan el fuego, los que dominan el agua, los que protegen los caminos o refuerzan los pactos. Ellos forman un círculo invisible de protección que delimita el territorio sagrado y separa lo profano de lo consagrado.
En las paredes y en el suelo aparecen las firmas, los trazos secretos que hablan el lenguaje de los muertos. No son adornos ni dibujos: son sellos vivos, escrituras de poder que fijan la presencia de los mpungu. Cada línea, cada espiral, cada punto tiene una razón de ser. En ellas reposa la memoria del linaje y el mapa invisible del monte.
En un rincón se guarda el fuego sagrado, que nunca debe apagarse durante las ceremonias. Es símbolo de continuidad, testigo de las promesas y guardián de la palabra. Su llama alimenta los rezos, despierta a los espíritus y purifica los espacios. En su luz los muertos se acercan; en su humo, los vivos hablan con ellos.
Los palos del monte, dispuestos con orden ritual, representan la columna vertebral del recinto. Cada palo pertenece a un nkisi, a una virtud o a una fuerza natural. Algunos son de defensa, otros de curación, otros de amarre o de justicia. Juntos forman una selva simbólica dentro del nsó-nganga, un pedazo de monte encerrado en casa para que los espíritus nunca olviden su origen.
En otro punto, reservado y silencioso, está el lugar donde se asientan los ahijados durante los ritos. Allí se colocan cuando van a recibir enseñanza, limpieza o juramento. Frente a ellos, el tata enseña, reprende o instruye con el hierro en la mano. No hay jerarquías de vanidad dentro del nsó-nganga, solo grados de responsabilidad: los mayores no mandan, custodian.
El nsó-nganga tiene también su espacio para los muertos, donde se hacen los llamados, se presentan las ofrendas y se conversa con los que ya cruzaron el río. Es un sitio de respeto absoluto, donde el silencio vale más que la palabra. Allí se colocan los nombres escritos en losas, los restos consagrados y los objetos de poder que pertenecieron a los que ya partieron.
Todo dentro del nsó-nganga está vivo. Cada sonido, cada olor, cada sombra tiene mensaje. Cuando el tambor suena, las paredes responden. Cuando se canta, la tierra vibra. Cuando se enciende el humo, los muertos llegan. Es un ecosistema de fuerzas donde el hombre, la naturaleza y el espíritu se reconocen como partes de una misma sustancia.
Por eso los viejos dicen:
“El que entra al nsó-nganga entra al monte, y el que entra al monte entra al misterio.”
Nada en el nsó-nganga es casual. Todo fue legado por los mayores para preservar el orden de las fuerzas y asegurar la comunión entre los mundos. Mantener ese orden, respetar su equilibrio y escuchar su respiración es deber de todo tata, de todo ngueyo y de todo hijo del Mayombe.
El nsó-nganga es la tierra que habla, el hierro que juzga, y el fuego que enseña. Allí la palabra se hace obra, y la obra, memoria. Allí, bajo la sombra de los mpungu, el hombre recuerda que su fuerza no le pertenece, sino que le ha sido prestada por los que nunca mueren.
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