Ifá y la memoria sincrética del espíritu
A lo largo de mi camino como practicante y estudioso de los sistemas oraculares afrocubanos, me he detenido muchas veces frente al cuerpo de enseñanzas que componen el oráculo de Ifá, ese complejo entramado de signos (odun), palabras y arquetipos que no solo adivina, sino que transmite una cosmogonía entera. Cada patakí, cada verso, cada letra, contiene una visión del mundo que trasciende el tiempo y que, sin embargo, se renueva constantemente en el espacio donde habita.
Uno de los relatos que más me impactó aparece en el signo Baba Ejiogbe (Ogbe Meyi). Allí se narra cómo un pueblo, unido por una misma lengua, decide construir una torre en honor a Olofin, con la intención de llegar hasta el cielo. El esfuerzo es interrumpido por la intervención divina: los lenguajes se fragmentan, los lazos se quiebran, y la torre queda inconclusa. Lo que encontramos aquí es una clara resonancia de la historia bíblica de la Torre de Babel, trasladada al universo de Ifá a través de una mirada lucumí, adaptada pero reconocible.
Esta narración no está sola. Revisando cuidadosamente las libretas de Ifá, he hallado numerosos odun en los que se introducen conceptos, símbolos y figuras que no provienen del entorno yoruba tradicional, sino de otras matrices culturales: la Regla de Palo Monte, el espiritismo, el catolicismo, el ocultismo europeo e incluso la ciencia moderna.
En odun como Irete Meyi, Ogbe Fun u Ojuani Tura, aparecen elementos paleros: la “prenda”, el “rayamiento”, los nombres de los caminos congos, advertencias sobre espíritus vinculados a los nkisi. En otros signos —Baba Eyiogbe, Otura Meyi, Iwori Meyi— el eco cristiano es innegable: el Diluvio, la Última Cena, el Ángel Exterminador, las monjas, los altares. También está presente el espiritismo kardeciano, los egun protectores, las misas a difuntos, los bóvedas espirituales.
Incluso en signos como Odi Meyi, Otura Sa o Ofún Che, el oráculo se abre a nociones como el karma, la inmortalidad del alma, la ley de las siete potencias o el Libro de los Muertos. Y en otros tantos —Obara Juani, Osa Yekun, Ofún Di— se mencionan descubrimientos científicos, inventos y tecnologías modernas: el avión, el empaste dental, la cosmonáutica, el pararrayos, la electricidad, el sillón de ruedas.
Todo esto puede escandalizar a algunos puristas que aún buscan en Ifá una “pureza africana” que nunca ha existido. Para mí, en cambio, esta amplitud demuestra su carácter profundamente incorporativo. Ifá no es una cápsula cerrada del pasado: es un vaso oracular vivo, abierto a toda “materia sagrada” que contribuya al entendimiento del mundo y del alma humana. Su capacidad para absorber símbolos sin perder su núcleo, para dialogar con lo nuevo sin diluir su poder, es parte de su fuerza.
Soy consciente de que muchas de estas referencias provienen de las “nuevas libretas” de babalawos, y que su contenido a veces no alcanza más allá de un pragmatismo funcional. Pero también he visto cómo este fenómeno no es exclusivo de la diáspora. Aún en Nigeria, las fórmulas de los awó se han nutrido de influencias externas y no están menos “contaminadas”. Porque toda tradición viva, si de verdad lo es, se adapta, se transforma, se reinterpreta. Como señala Jesús Guanche, incluso si el culto a los orichas en Cuba no hubiese recibido influencia católica, igualmente sería distinto al africano, porque el sincretismo intra-africano y la readaptación al nuevo entorno hubieran producido una religión esencialmente nueva: cubana.
Al final de esta reflexión, me resultan profundamente reveladoras las palabras de Mircea Eliade, que resumen con precisión lo que he vivido, sentido y estudiado:
“Sería un error ver en el sincretismo únicamente un fenómeno religioso tardío que sólo puede resultar del contacto entre varias religiones desarrolladas. Lo que llamamos sincretismo se produce ininterrumpidamente en el curso entero de la vida religiosa… No existe un solo demonio agrario rural ni un solo dios de tribu que no sea el resultado de un largo proceso de asimilación… la hierofanía tiende siempre a manifestarse lo más plenamente posible en la conciencia religiosa…”
Es decir, la manifestación de lo sagrado no se limita a un tiempo original y puro, sino que se despliega en múltiples formas a lo largo del devenir histórico. El sincretismo no es una distorsión; es la modalidad natural de lo sagrado en movimiento.
Por eso, afirmo con serenidad y certeza: el oráculo de Ifá no solo contiene la sabiduría ancestral de los yorubas, sino también la memoria de todos los que, en Cuba y en la diáspora, han dialogado con el misterio a través de sus signos. Es un espejo del espíritu humano, que necesita reinventarse sin olvidar su raíz.
