Escritor y Nfumo-Nganga
MI CAMINO EN EL MAYOMBE
MI CAMINO EN EL MAYOMBE

MI CAMINO EN EL MAYOMBE

Lo que vi, lo que escuché y lo que aprendí

Aquí no hay recetas ni exhibiciones: hay un camino contado desde adentro. Mi camino en el Mayombe es la crónica espiritual —íntima, exigente y luminosa— del aprendizaje de un aprendiz guiado por su maestro y Tata. Entre ambos se teje un diálogo vivo donde doctrina y memoria caminan juntas: lo que se explica se prueba; lo que se recuerda se pone en oficio. El eje no es el exotismo, sino la ética: hablar con permiso, honrar a los mayores y servir al conjunto. Ese triángulo sostiene cada paso y cada palabra.

El lector entra a un territorio donde la inteligencia (ntu) y la palabra-personalidad (ndinga) no son adornos, sino fuerzas que obran. El Tata enseña que solo los “decisores” —Nsambia, los mpungu, los nfuiri y los bantú— poseen ntu y, por eso, pueden ordenar el mundo; lo demás (animal, vegetal, mineral) responde, pero no manda. De ahí que toda palabra pronunciada con licencia “sale a trabajar” y vuelve al que la dijo con la forma que le dio: responsabilidad, no casualidad.

Una de las lecciones más bellas y concretas es el viaje de la palabra en lo líquido: ndinga viaja en el agua, en la sangre, en la savia; por eso el monte “oye” cuando se le nombra con respeto, y por eso la ofrenda correcta no es capricho, sino economía fina de fuerzas. El libro lo narra con imágenes de jícara, arroyos y savias que despiertan la tierra.

Este camino no se sostiene en el ruido, sino en la disciplina del corazón. Se aprende a callar, a cantar cuando corresponde, a rezar breve y verdadero; a distinguir bendición de conjuro y a recordar tres preguntas antes de mandar fuerzas: ¿mi ntu está limpio? ¿mi ndinga honra a quien invoco? ¿lo pedido beneficia al conjunto? Si tiembla una respuesta, se calla. Esa sobriedad atraviesa el libro y marca su tono, lejos del efectismo y cerca de lo sagrado cotidiano.

El Tata reduce la inteligencia del bantú a tres estratos que el discípulo va encarnando: ntu okíguáki (viveza que olfatea el ritmo), ntu kitumbo/guru nbasa (comprensión de oficio) y ntu kindumba (sabiduría que convoca sin violentar). Leer afila; caminar concede licencia: sin kindumba, la palabra confunde; con kindumba, funda. El libro acompaña ese ascenso con ejemplos de monte y de mesa, de caña y de yagruma, de jícara y brasero.

Junto a las nociones, hay escenas precisas: la noche de truenos en que no se grita, se ofrece; la mujer que solo necesitaba pronunciar el nombre de su madre para que el agua vibrara y el pecho descansara; el hombre que quiso venganza y terminó enfermo por haber convertido su lengua en cuchillo. Son episodios que prueban que “toda palabra es acto”, que el exceso de palabras puede ser falta de fe, y que el monte no necesita verdugos, sino guardianes.

El libro también ilumina un principio central del Mayombe: el fortalecimiento mutuo. Los mpungu y los nfuiri “suben” con rezo y sangre ritual; cuando ellos suben, levantan nuestras propias fuerzas. No es idolatría: es reciprocidad, “adoración-creación”. Esa dinámica explica por qué lo vivo se ordena cuando la palabra llega con medida, licencia y pago; explica, también, el cuidado de no romper el tejido del orden.

Otra veta entrañable es la pedagogía del “doble” y las dos sombras: nkawama bantú (sombra tonta, pegada al cuerpo) y nkawama ntu (sombra inteligente, el llamado cuerpo astral). Se enseña cómo velar, cómo agradecer una visita en sueño, cómo distinguir trabajos sobre cada sombra, y por qué conviene custodiar la salida y el regreso del “doble” con oración humilde. No hay manuales, hay oficio práctico, con rezos breves de cuidado y una mirada sobria sobre lo que se recuerda al despertar.

Lejos de la confusión común, aquí Dios —Nsambia— no se banaliza: se mide. No “entra” en el mismo plano de las negociaciones diarias; es el tablero que permite el juego, no una ficha más. Por eso su invocación endereza la palabra antes de trabajar y evita el delirio de omnipotencia. La imagen de la ceiba que “toca cielo y toca tierra” resume el método: subir para pedir permiso, bajar para obrar bien.

Quien lea encontrará vocabulario vivo —ambaró, matui, kuna malanda, mankíndi; ndinga, ntu; mpungu, nfuiri; nkawama bantú/ntu— siempre explicado con imágenes sensibles y con un pie en la experiencia. No se “define” para acumular datos, sino para aprender a reconocer, nombrar y ordenar sin romper la ley del monte. Por eso el tono es, a la vez, íntimo y doctrinal: la voz del aprendiz que cuenta “lo que vi, lo que escuché y lo que aprendí” organiza la materia con claridad oral, sin concesiones a la curiosidad impertinente.

En estas páginas no se publican fórmulas juradas ni se abre el cofre de lo que solo vive en secreto; se defiende la tradición de la prisa y del mercado que la exotizan o la vacían, y se recuerda que cada sílaba ofrecida al mundo es semilla. Nombrar crea: por eso la palabra obliga. Esta ética del lenguaje —humedecer la boca con licencia, pedir memoria a los muertos, saludar al mpungu que gobierna el caso— convierte cada renglón en un acto de responsabilidad.

La relación entre el maestro Tata y el aprendiz mundele vertebra la narración: bastón que golpea la tierra tres veces para sellar una enseñanza; jícara que vibra cuando la palabra entra al mundo; advertencias sobre “licencia, medida y pago” para que el rezo no se vuelva cuchillo; humor y severidad cuando el orgullo asoma. El resultado es una guía viva para quienes caminan dentro y un espejo respetuoso para los curiosos que miran desde fuera, donde el conocimiento sensible se vuelve comprensión y la comprensión se hace sabiduría en la Nfinda.

Mi camino en el Mayombe es, en suma, una invitación a entrar con humildad en una casa donde la voz abre puertas, el silencio enseña, y la medida sostiene. Un libro para iniciados y buscadores, para lectores de corazón ritual que agradecen que se les hable claro y hondo. Aquí la tradición no se momifica ni se vende: respira. Y quien escuche el pulso de estas páginas —como quien acerca el oído a una jícara para ver su temblor— saldrá con la palabra en su lugar, el juicio despierto y el deseo de servir sin romper. Porque este libro no promete poder: enseña cuidado. Y ese cuidado, cuando se hace carne, ordena la vida.